Ideas fijas, ¿qué son las ideas fijas? Son ideas
que llegan para quedarse, para transformar a quien las padece. Se adhieren como
garrapatas al sistema nervioso, succionan preocupación, ansiedad, energía
vital. Pero son igual de necesarias que las ideas que llegan y se van tan
pronto como aterrizan en nuestra cabeza. Una idea fija siempre llega con un
propósito: detrás de toda idea fija hay una enseñanza, no solo una
preocupación. Las obsesiones son vitales. Pueden quitarte la vida, o darle
propósito a tu angustia. Ahora que lo pienso, si yo no fuera una persona
obsesiva, no seguiría vivo. Estaría enterrado con todo y mi apatía. Es porque
me importa el mundo que me obsesiona el mundo. El secreto está en dónde dirigir
la obsesión. Si me obsesiono con la muerte, viviré de espaldas al presente, no
aceptaré el mundo tal y como me ha sido dado. La muerte del cuerpo llega con la
vejez, pero la muerte espiritual es más atroz, porque no necesita envejecer
para suceder. El espíritu es mucho más que un término religioso, es una palabra
que trasciende cualquier creencia. Yo no solo soy un amasijo de carne y huesos,
no me reduzco a mi piel y mis nervios, soy también esto que estoy escribiendo:
soy palabra y la palabra es trascendental. Quien no entienda esto vive de espaldas
a la vida, se ofusca. Pero lo cierto es que también somos lo que fuimos antes
de nuestro nacimiento, somos lenguaje.
Hoy decidí empezar un blog. ¿Cuál es el propósito? Ninguno. La idea es escribir por escribir como quien camina simplemente guiado por la necesidad de desplazarse en el espacio. En la vida uno no puedo planificarlo todo. Intentaré editar lo más que pueda cada entrada, pero no me exigiré demasiado. Después de todo, ¿quién soy yo para exigirse tanto? No tengo vocación de santo, ni de mártir, ni de gurú espiritual. Ahora que lo recuerdo, esta semana estuve leyendo a César Vallejo: él sí que fue un gurú espiritual, o por lo menos un místico. Nació en Perú, murió en París, inventó la palabra Trilce, supo de la miseria económica desde joven, tenía una obsesión con la muerte, era lector devoto de Darío, y supongo que verlo sonreír era un lujo, pero escribió versos que resuenan en mi interior con una fuerza casi volcánica: "Murió mi eternidad -dice en uno de sus poemas- y estoy velándola". Después de una línea así no es fácil seguir con la vida como si nada. Murió mi eternidad... y ...
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